Los daños punitivos son la parte del Derecho estadounidense peor comprendida en Europa, y la que produce las cifras que acaparan los titulares. El jurado fija un importe destinado a golpear a la empresa; los tribunales superiores lo reducen después, a veces de forma masiva.
El caso de Stella Liebeck ilustra exactamente el mecanismo y su deformación mediática. El jurado concedió 2,7 millones de dólares en daños punitivos; el juez los redujo a 480.000 dólares, con lo que el total quedó en unos 640.000 dólares. La cifra que quedó en la memoria —«millones por un café derramado»— es precisamente la que la justicia corrigió.
El razonamiento de los tribunales no es moral, es constitucional: una sanción desproporcionada priva al demandado de una advertencia equitativa sobre lo que arriesga.